Y MIENTRAS TANTO...

Marzo 7, 2018

Con frecuencia les escribo desde un país, queridos lectores, en el que la doble moral, la hipocresía y la diatriba son la norma. Basta con abrir los periódicos, ver o escuchar noticias o meterse a las redes sociales para encontrarlo. Es el país de las campañas políticas, de las promesas olvidadas, las alianzas rotas, las traiciones y engaños. Es el país en el que el mismo “ciudadano” que tira basura en la calle, hace ruido a deshoras o viola normas elementales de convivencia se siente con derecho a despotricar, el mismo en el que muchos creen solamente en una versión de los hechos o se olvidan del respeto a los demás.
 
Pero junto a ese país, dentro de él, hay otro. Desconocido, ignorado, olvidado, es un lugar que deberíamos visitar más a menudo, que tendríamos que conocer como la palma de nuestra mano. Y dándonos la vuelta por ahí con mayor frecuencia tal vez aprenderíamos a valorarlo, a usarlo como ejemplo, a contraponerlo a todos los que quisieran seguir viviendo en eso que ellos llaman el México real.
 
El país al que me refiero es uno en el que decenas y decenas de millones de personas se levantan todas las mañanas sin tiempo ni ganas para quejarse. Que van a trabajar o en busca de trabajo, que van a la escuela o a tratar de aprender algo nuevo, que se preocupan por su entorno y no solo por demostrarle algo a los demás.
 
Es el de los mexicanos que cuidan su casa, su calle y su colonia por igual. Que no permiten que lastimen al más débil, que defienden a los que piensan diferente o son diferentes, que no dan “mordidas”, que no le echan la culpa de todo a los demás. Un país de ciudadanos que teniendo múltiples pretextos a la mano deciden no utilizarlos y prefieren enfocar su energía en trabajar y no en alegar, en cambiar las cosas que pueden, en denunciar no solamente lo que les afecta en lo personal o lo que les conviene.
 
Lo vemos todos los días sin darnos cuenta. En el transporte público cuando alguien cede su asiento o devuelve una cartera perdida. En el automovilista que cede el paso al peatón, en el empresario que cumple sus obligaciones y en el servidor público que se presenta todos los días a trabajar y no saca ventaja más allá de su salario y la satisfacción del deber cumplido.
 
Está en el filántropo que sabe que no todo se mide en dinero, el ama de casa que se asocia con sus vecinas para cuidar a los niños o ayudar a los ancianos. En el político que cree en una causa y lucha por ella, en el activista que dedica su vida para promover sus ideales, en el deportista que da lo mejor de sí limpiamente, el cineasta que nos da momentos de diversión y orgullo nacional pero también en el que busca educar con su arte, ilustrar, denunciar y cambiar lo que está mal.
 
¿Es ese un México oculto, escondido, subterráneo? Ni lo crea. En la comunidad más violenta hay quien lucha por reencauzar a los jóvenes. En la más pobre está quien lo comparte todo. En las escuelas hay legiones de maestros dedicados a nuestros hijos, sobrinos o nietos. En hospitales, cuarteles, estaciones de policía o de bomberos encontramos pequeños y grandes actos de heroísmo todos los días, a toda hora. En los medios hay también quienes arriesgan el pellejo literalmente para exhibir y desnudar lo que está mal, para abrirnos los ojos a realidades que muchos preferirían no ver, o para resaltar las muchísimas pequeñas y grandes historias que conforman a ese otro país que tenemos al lado aunque no siempre lo reconozcamos.
 
Que eso no borra la violencia, la corrupción, la impunidad y las injusticias, me dirán algunos. Que ya me puse cursi, me dirán otros. Y tal vez algunos de ustedes, amables lectores, coincidirán conmigo en que en este México tan dolido y tan lastimado hay otro, tanto o más grande e importante, mucho más valioso y valeroso.
 
Hoy quise escribir sobre ese, en el que habitan tantos mexicanos y mexicanas de bien. Voltéenlos a ver esta mañana o esta noche. Ahí están, mientras todo lo demás sucede.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Content for New Div Tag Goe s Her

e