VIVIR EN EL INFIERNO

27 /Septiembre/ 2010

A casi cuatro años de iniciada la campaña frontal y abierta de combate al crimen organizado, muchos se preguntan hacia dónde va esa “guerra”, cuál es su sentido y su propósito, cuáles sus consecuencias para la sociedad, para el país, para los individuos que se enfrentan cotidianamente a una situación totalmente inédita y cuyo desenlace parece incierto.
En las últimas semanas, varios acontecimientos han subrayado estas dudas y cuestionamientos, que a veces son de coyuntura, y otras, son existenciales.

Algunas capturas de personajes de altísimo perfil vinculados al narcotráfico, son señal de aliento y llamado a la perseverancia para quienes creen que esta es la ruta obligada si queremos acabar con el imperio de la ilegalidad en que nos encontramos sumidos, mientras que los críticos de la estrategia gubernamental guardan un discreto y a veces incómodo silencio al respecto.

El asesinato de un colaborador de El Diario de Juárez, por otra parte, puso de relieve una vez más los enormes riesgos que corren los comunicadores en todas partes del país, pero especialmente en las que podríamos llamar zonas de conflicto, y las implicaciones que eso tiene no sólo en términos de la seguridad de los individuos o los medios de comunicación afectados, sino para el ejercicio de las libertades de todos nosotros.

El editorial publicado por El Diario de Juárez, en el que plantea una “tregua” a quienes controlan la plaza y les pide “Indíquennos, por tanto, qué esperan de nosotros como medio…”, causó reacciones desmedidas por parte de las autoridades y de un sector de la opinión pública, que condenaron el planteamiento e instaron a “no pactar” con el crimen organizado, mientras que periodistas de México y de todo el mundo vieron en la carta abierta del diario juarense, un grito desesperado, no de rendición, sino de auxilio, una manifestación de desesperación y de impotencia que no sólo hace eco del temor en el que viven miles de colegas comunicadores, sino también la zozobra de sus familias y de las comunidades a las que sirven y en las que viven.

Al día siguiente, El Diario cometió un gazapo de leyenda cuando publicó sin las debidas confirmaciones y verificaciones unas declaraciones totalmente inverosímiles del presidente del PAN, César Nava, en que apoyaba la postura del periódico y llamaba a “hacer un pacto con la delincuencia organizada”. La pifia periodística, producto de un engaño tal vez travieso o tal vez criminal, opacó por momentos el debate acerca del tema de fondo, que es el del papel y las obligaciones de los periodistas y los medios de comunicación cuando se enfrentan a circunstancias extremas en las que no sólo corre peligro su vida, sino que están borrosas las líneas que deberían separar a las autoridades legalmente constituidas de las que para todos efectos prácticos se han convertido en amos y señores de diversas plazas, en las que el Estado ya no es capaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos, parte fundamental del pacto social merced al cual damos al gobierno obediencia (y nuestros impuestos) a cambio de algunas certezas básicas.

Finalmente, está la película El Infierno, que se mantiene aún en cartelera y que retrata de manera despiadada, mas no exenta de humor e ironía, la situación en que viven o sobreviven algunas comunidades en las que la ley que impera es la del narcotráfico, y ni siquiera esa, porque cuando hay una guerra por la plaza, no hay quién verdaderamente mande. Todos están a expensas de lo que la fortuna les pueda deparar, inermes ante el poderío de cárteles cuyos únicos límites son los que les impone el cártel de enfrente.

Frente a todo esto, yo me quedo con algunas reflexiones que sólo plantean más preguntas y cuestionamientos:

¿De qué me perdí o en qué momento los malos en este país dejaron de ser los malos? ¿Cómo es que pocos —muy pocos— de los críticos de la estrategia gubernamental proponen alternativas realistas? ¿Alguien verdaderamente cree que los cárteles estarían en paz si no se les combatiera? ¿Alguien sinceramente piensa que deberíamos volver a la simulación y complicidad del pasado?

Muy peligroso plantear una tregua con el crimen organizado, que no conoce límites, pero todavía más aventurado condenar a quien reacciona así por el justificado temor por su vida y su profesión. Que lance la primera piedra quien esté libre de miedos y quien sea capaz de proteger y defender a los amenazados y aterrorizados…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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