SI NO FUERA NUESTRO PAíS

25 /Oct/ 2009

Nos podríamos morir de risa. Si no viviéramos aquí, pagáramos nuestros impuestos, trabajáramos y tuviéramos a nuestros hijos aquí, podríamos carcajearnos de lo que pasa en este nuestro maltratado México. Pero como la risa es una de las pocas cosas que aún no están gravadas ni mal vistas, no queda de otra más que dejarla fluir como una forma de defensa ante lo que de otra manera debería ponernos a llorar, o a gritar del coraje.

No pasa un día en que no veamos muestras de cómo nuestros supuestos dirigentes políticos llevan al país cuesta abajo, de la mano con líderes empresariales, académicos y sociales, con truhanes de poca monta y gánsteres de gran alzada, todos felizmente acompañados por una ciudadanía amodorrada que no sabe otra cosa que quejarse en las charlas de sobremesa (los que la tienen) pero que con su conducta cotidiana avalan el asalto del que es víctima México.

La discusión sobre el presupuesto 2010 es ilustrativa tanto por lo que los actores involucrados han hecho como por lo que han dejado de hacer. Tras cuando menos un año de avisos de que el cielo se iba a caer, no fue sino hasta el último instante que gobierno y legisladores despertaron del cómodo sueño de quien cree que nada ha cambiado, para toparse con la horripilante sorpresa de que ya nada es igual. El precio del petróleo y la recaudación por los suelos, las coberturas a punto de vencerse, la recesión mundial en su punto más profundo, la población golpeada por la despiadada combinación de una crisis internacional que no sólo le pegó al crecimiento y al empleo, sino también al precio de los alimentos básicos. Mejor una pesadilla que despertar a tan amarga realidad…

Pero era una realidad cantada, que no llegó de sorpresa salvo para quienes estaban literalmente dormidos, pues el mundo entero sabía lo que estaba sucediendo: la mayor debacle financiera y económica en 80 años no fue precisamente sigilosa ni mucho menos impensable. Tal vez algunas de sus variables sí se salieron de lo pensado, pero ni el desplome de los mercados crediticios ligados a bienes raíces ni la brutal desaceleración que trajo consigo el pinchazo a la burbuja especulativa ni la caída de las exportaciones ni el aumento de la pobreza ni la baja en producción y precio del petróleo son acontecimientos nuevos e inesperados.

Pero así son las cosas en nuestro país, y mientras el mundo se derrumbaba a nuestro alrededor aquí sólo había tiempo para discutir si un anuncio o una entrevista en tv violaban la ley electoral, o si un video en YouTube era un delito, o si el peinado de uno u otro precandidato era garantía de algo, así fuera bienestar para los fabricantes de productos para el cabello…

Pero con todo y eso no era demasiado tarde para intentar algo que pudiera al mismo tiempo poner en orden las finanzas públicas y dar una pequeña esperanza de que podríamos salir de más de un cuarto de siglo de estancamiento económico, que sólo se ha roto por momentos y en coyunturas, pero no porque hayamos logrado encontrar hasta ahora una fórmula para que la economía de este país crezca cuando menos de manera suficiente para evitar que crezca el rezago con nuestros socios comerciales.

Es muy trillada la frase aquella de que en cada crisis hay una oportunidad, pero lo cierto es que como pocas veces en tiempos recientes se había abierto una ventana para poder entrarle en serio a temas de fondo que van mucho más allá de sólo tapar boquetes fiscales autoinfligidos, para tratar de meterse en serio a tomar decisiones que podrían mejorar la pobre competitividad de la economía mexicana, y de paso para poder nivelar aunque fuera un poco las profundas, insultantes disparidades que en tantos aspectos existen aquí.

Pienso por supuesto en poner fin a privilegios fiscales como los que disfrutan por igual comerciantes informales que grandes corporativos, o en medidas que incentiven la creación y prosperidad de pequeñas y medianas empresas, o en otras que simplifiquen nuestro arcaico régimen tributario, o en aquellas que privilegien la educación, la investigación y el desarrollo, o —más modestamente, en cuando menos enfocar el gasto público hacia la infraestructura y alejarlo del gasto corriente, es decir del pago de nóminas.

Hasta el momento no se ha visto nada de eso en el jaloneo por el paquete fiscal. Si bien el golpe a LyFC esperanzó a muchos, no parece haber sentado precedentes, al menos hasta ahora. En las propuestas fiscales del gobierno y los partidos sólo vemos más de lo mismo: una base cautiva de causantes sobre la que siempre recaen los ajustes, porque son los únicos que pagan impuestos, que tienen empleo o empresa, que sólo tienen —como en las viejas historias de Robin Hood y el Sheriff de Nottingham—, algo que el fisco les puede quitar.

Ni el 2% de impuesto al consumo ni el punto adicional al IVA ni los aumentos a ISR o el absurdo gravamen de 3% a internet hacen sentido, salvo que sea el de preservar el status quo que nos tiene donde estamos. El fin de los privilegios pasa no sólo por los sindicatos corruptos y las empresas paraestatales ineficientes, sino también por un rediseño del modelo que ha probado ya su ineficacia. Tristemente, de entre todos los quejosos, apenas se vislumbran algunas, muy pocas, ideas, perdidas en la niebla de la quejumbre y la ausencia de propuestas y —lo peor— de valentía.

Y así seguiremos, hasta que algún día, quizás, nos gane la risa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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