LA SACUDIDA DEL 19-S

Septiembre 27, 2017

Cada quien tiene una historia que contar. O muchas. Las propias y las de otros. Las vividas, las observadas, las escuchadas. Las soñadas, las imaginadas, las que quisiéramos poder constatar y las que desearíamos a toda costa borrar. Por lo pronto los terremotos del 7 y 19 de Septiembre, la replica del 23 y las innumerables otras ya nos dejaron marcados a todos.
 
Marcados, sí, pero no todos de la misma manera y no todos aun plenamente conscientes de lo que pasó ni de lo que nos pasó, colectiva, familiar e individualmente. Tenemos ya mucha de la contabilidad del desastre, pero las cifras de muertos, heridos, damnificados, construcciones caídas o dañadas no comienzan siquiera a contar la historia de lo que sucedió, tal vez porque no ha terminado y porque su  alcance va mucho más allá de lo material.
 
Podríamos intentar el relato desde las frases hechas y los lugares comunes. Que si el despertar de la sociedad, que si el gobierno rebasado o en control, que si los héroes con nombre y los anónimos, que si el esfuerzo colectivo, que si el espíritu de 1985, que si los fake news. Unos aventuran el declive de los partidos, otros la toma de conciencia cívica y política de los Milennials, algunos más predicen una rebelión contra los corruptos mientras que pesimistas o escépticos solo sacuden la cabeza y murmuran que esto también pasará, lo cual es una manera elegante de decir que una vez más nada pasará.
 
Es muy aventurado intentar vaticinios de lo que el sucederá más allá de unas pocas semanas. La acumulación de fenómenos naturales, las muy contrastantes respuestas y muy diferentes niveles de afectación  para distintos órdenes de gobierno y distintas entidades federativas hace de entrada que los impactos de mediano y largo plazo se vuelvan incalculables. Sí, a los mexicanos nos gusta especular y apostar al futuro como transformador mágico, pero ni siquiera podemos decir cómo va a afectar esto a la contienda presidencial de 2018, ya no digamos más lejos.
 
Yo solo sé que este ha sido el septiembre más negro y a la vez más patriótico del que tenga memoria. Que no hay punto de comparación y en cambio muchos de contraste con los terremotos de 1985. Que las ondas expansivas de las redes sociales y la inmediatez en las comunicaciones ha permitido a millones en todo el país estar al tanto, ayudar, participar, movilizar su solidaridad,  no solo en la zona metropolitana y aledañas de la Ciudad de México como hace 32 años.
 
Confirmo que las grandes tragedias sacan lo mejor y lo peor de las sociedades y las personas, pero afirmo también que la proporción entre unas y otras es abrumadoramente positiva. Rápidamente han quedado al descubierto omisiones, errores, negligencias y actos de corrupción, lo cual ayuda a que se puedan perseguir más rápido y de mejor manera. Y los testimonios sociales permitirán que la impunidad sea esta vez menor que en el pasado, porque quienes salieron a ayudar y se encontraron con algo que denunciar tienen no solo memoria, sino también archivos fotográficos y de datos en sus bolsillos.
 
Me ha tocado presenciar actos de heroísmo y de generosidad enormes. Puedo ver cómo las nuevas generaciones aprendieron, no sé si por relatos o por osmosis, algo de lo que hemos ido esparciendo quienes vivimos de cerca el ’85. Reconozco con gusto y orgullo que nos han superado ampliamente en su voluntad, su disposición, su coraje ciudadano. He visto a jóvenes de todas edades y clases sociales convertirse de la noche a la mañana, sin darse cuenta tal vez, en hombres y mujeres de bien. Y no hay mayor aspiración y logro en la vida que ese.
 
No merecen hoy más que un renglón el oportunismo político de varios ni la mezquindad y espíritu miserable de otros. Pero este es el momento de enfocarnos en la solidaridad, en la reconstrucción, en el descubrimiento de lo mucho bueno que teníamos guardado, y lo más importante, de reconocer que esta es hora de atrapar el instante, la oportunidad histórica.
 
Carpe diem , decían los antiguos, usa el presente para forjar tu futuro. Esta es nuestra oportunidad, nuestro reto, nuestro desafío. Y no tendremos perdón si lo desaprovechamos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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