LA GUERRA POR (Y DE LA) CASA BLANCA

ENERO 8, 2020

Estaba yo escribiendo tranquilo y apacible mi primera columna del año, queridos lectores, cuando de sopetón cayó la noticia del ataque iraní contra bases militares estadounidenses en Irak, en represalia por el asesinato el fin de semana de su más alto mando militar, el General Qassim Suleimani, comandante de las Guardias Revolucionarias y uno de los hombres más queridos y populares de su país.

Es de todos conocida la animadversión que tiene Donald Trump por Irán. Desde los inicios de su campaña se dedicó a criticar el acuerdo logrado por Barack Obama para la desnuclearización iraní, acusándolo (y de paso a sus aliados europeos y a Rusia, que formaron parte del proceso de negociación) de haber firmado “el peor” acuerdo de la historia.

La postura de Trump puede explicarse por varios factores: el impacto que tuvo la crisis de los rehenes en 1979, poco después del triunfo de la revolución islámica dejo profunda huella y resentimiento entre amplios sectores de la opinión publica estadounidense; la cercanía de Trump, a través de su yerno y asesor Jared Kushner, con el Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, enemigo jurado de Irán y del ya mencionado acuerdo de desnuclearización; la creciente tensión entre Irán y Arabia Saudita, uno de los más preciados aliados de Trump (y de Kushner) en Medio Oriente; y la creciente influencia de Teherán en la región a raíz del surgimiento de la organización terrorista Estado Islámico.

Fiel a su palabra y sus amenazas, Donald Trump se retiró del acuerdo con Irán en 2018 y reinstaló las sanciones económicas contra ese país, contribuyendo a sumirlo en una profunda recesión y fortaleciendo a la corriente más antiestadounidense de ese régimen en el que coexisten frágilmente teocracia y democracia. Los moderados, que llevaban la mano tras el acuerdo firmado en 2015, se tuvieron que replegar y tragar sus palabras conciliatorias. Los radicales, empoderados, reafirmaron su postura de que no se podía confiar en Washington y se dieron a la tarea de ampliar la esfera de influencia de Teherán en esa volátil parte del mundo.

Los iraníes, que ya tenían una extensa red de relaciones religiosas y militares en la región, particularmente en Líbano y Siria, se dieron a la tarea de extenderla y profundizarla. El auge de Estado Islámico (EI) y la alarma que provocó en el mundo le sirvieron a Teherán para hacer alianzas muy relevantes en las naciones más afectadas, particularmente Siria e Irak, siendo en este ultimo crucial la intervención de milicianos apoyados por Irán para desterrar al maligno tumor de EI. El reacomodo de fuerzas en Irak dejó a Irán como un actor fundamental y a EEUU como uno muy disminuido, y ahí es donde se gesta la crisis actual, en una serie de ataques y contraataques entre grupos pro iraníes o asociados con los estadounidenses. Fue en represalia por uno de esos ataques que Trump ordenó el asesinato de Suleimani.

Escribo estas líneas cuando el mundo aun espera la reacción del presidente estadounidense, quien ya anunció un mensaje televisivo a la nación. Si opta por la vía militar, veremos la más profunda y desestabilizadora crisis en Medio Oriente desde la Guerra del Yom Kippur en 1973.

Irán no es un país cualquiera al que Trump pueda zarandear: su fuerza económica, demográfica, militar y religiosa lo convierten en un enemigo formidable, no a la altura de Rusia o China, pero sin duda en la siguiente hilera de potencias intermedias. Su impacto en el mundo musulmán, donde es visto como la cabeza de la rama chiita del Islam, hace que tenga aliados y simpatizantes mucho más allá de sus fronteras, además de que un ataque destructivo de EEUU contra sitios religiosos o culturales (como lo amenazó hace poco Trump, y que dicho sea de paso constituiría un crimen de guerra) le generaría a Teherán una ola de apoyo más allá de las diferencias entre sunnitas y chiitas.
Al ordenar el asesinato de Suleimani Trump estaba pensando (es un decir) con la víscera y con la mira puesta en su reelección. Todo indica que en sus cálculos (es otro decir) no contemplaba una respuesta tal de parte de Irán. Ahora la moneda está en el aire y depende, en buena parte, de uno de los dirigentes más beligerantes, radicales e impredecibles del mundo. Y no, no estoy hablando de ninguno de los ayatolas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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