HORA CERO, ELECCIONES EN ISRAEL.

Abril 9, 2019

Los ciudadanos de Israel acuden hoy a votar. Su elección va mucho más allá del que sea su gobierno en los siguientes años: podría determinar en qué clase de país convierten el suyo.

Los encabezados noticiosos harían creer que se trata de una elección entre dos candidatos, ambos de nombre Benjamín: “Bibi” Netanyahu, el actual Primer Ministro, y “Benny” Gantz, un reconocido jefe militar que apenas incursiona en la política electoral.

Tradicionalmente, las elecciones en Israel giraban en torno a los dos grandes partidos históricos: Likud en la derecha, los Laboristas en la izquierda socialdemócrata. Sus diferencias abarcaban lo mismo políticas sociales y económicas que el siempre espinoso y sensible tema de la seguridad nacional, entendida en primerísimo lugar como una cuestión de supervivencia frente a naciones hostiles y hoy, más que nunca, como un asunto existencial, el de la relación de Israel con (o frente a) los palestinos.

Los grandes asuntos siguen ahí, imperturbables. Cambian, eso sí, los actores y sobre todo la aritmética electoral. Los partidos tradicionales pesan cada vez menos y solo pueden conformar mayorías parlamentarias si se alían con pequeños partidos, que se vuelven cada vez más de nicho y, por lo tanto, más radicales y extremos. No obstante intentos por crear nuevas y amplias alternativas, como por ejemplo la de Azul y Blanco, el del retador Benny Ganz, que busca una ruta centrista y moderada en tiempos en que la polarización y la confrontación parecen ser la norma.

A lo largo de su carrera, Benjamín Netanyahu pasó de ser un modesto representante diplomático a una figura en el escenario mundial. Su dominio de la retórica, su elocuencia, su arrojo contrastan con la prudencia y cuidado de las palabras de muchos de sus antecesores. No obstante su propensión a los riesgos, ha sabido capitalizarlos a fuerza de estirar la liga hasta el máximo, ya se trate de asuntos de seguridad nacional o de escándalos domésticos.

Su postura absolutista frente a los palestinos, que tanto ha inflamado los ánimos regionales, ha sido premiada por su nuevo mejor amigo, Donald Trump, con el más abrupto y radical cambio de postura de la política exterior estadounidense en Medio Oriente. De la búsqueda de balances y contrapesos que caracterizó a todos sus antecesores desde Nixon, Trump se volcó abierta y completamente a favor de Israel. Su reconocimiento de Jerusalén como capital primero y su aval a la anexión de las Alturas del Golán han puesto de cabeza la ecuación diplomática y geopolítica de la región, estancada -justo es decirlo- desde hace ya muchos años.

En un interesante e ilustrativo perfil de Netanyahu hace una semana, la prestigiada The Economist nos lo presenta como un precursor de las hoy tan de moda estrategias de polarización y confrontación que también conocemos como populismo. A lo largo de más de 20 años, Netanyahu se ha dedicado a presentarse como defensor de las únicas causas justas y a sus rivales como enemigos o de plano traidores a Israel.
Fue el caso de Yitzhak Rabin, arquitecto de los acuerdos de paz de Oslo (1993), a quien Netanyahu no dudo en comparar con Neville Chamberlain y acusarlo de enemigo de su propio pueblo. Cuando poco tiempo después Rabin fue asesinado por un fanático religioso-nacionalista judío, su viuda se negó a darle la mano a Netanyahu, a quien consideró un facilitador silencioso de la violencia política dado su discurso de odio.

La otra cara de la moneda
Benny Gantz representa todo lo contrario, sin embargo, su curriculum de héroe militar no ha sabido articular un discurso atractivo y magnético que atrape la atención de un electorado que en buena medida ve esta elección como un referéndum acerca de Netanyahu.Y es que eso es lo que ha sembrado y ahora cosecha Bibi, la gente lo quiere o lo odia, pero no les resulta indiferente.

Esta ha sido una de las campañas electorales más vacuas y superficiales de la historia de Israel. Cero debates entre los candidatos principales, muy pocas entrevistas de profundidad en medios, mínimos pronunciamientos de fondo más allá de la competencia feroz entre Netanyahu y otros candidatos de la derecha nacionalista por ver quien es el más antiárabe o antipalestino.

Y si bien Hamas en Gaza es cada vez más impresentable y Mahmoud Abbas ya no es ni la sombra del líder palestino que soñó con ser, el satanizar y marginar de esta manera a millones de palestinos o de árabes judíos solo mantiene abiertas las muchas heridas que imposibilitan una paz duradera en la región.

Ahí radica parte de la paradoja de esta elección: Netanyahu y sus aliados se presentan como el último dique ante la invasión de los bárbaros, como la única garantía posible para la seguridad de Israel. Pero con sus palabras y sus actos hacen virtualmente imposible romper con el círculo vicioso de la violencia y el odio entre israelíes y palestinos.

Del otro lado, Benny Gantz plantea una alternativa un poco más conciliadora pero excesivamente vaga, a la vez que se imagina al Israel del resto del Siglo XXI, enfocado en la tecnología, en la apertura a las ideas, mucho más independiente de los grupos religiosos ortodoxos que han impuesto su agenda gracias precisamente a su sobre representación parlamentaria, que los hace indispensables para la que sucesivos gobiernos alcancen la mayoría en un parlamento unicameral, la Knesset, que cuenta únicamente con 120 escaños.

Es ahí finalmente, en los partiditos y/o candidatos radicales como Moshe Feiglin, quien propone abiertamente anexar Cisjordania de una vez por todas, u otros abiertamente racistas y excluyentes, que han copiado y llevado a los extremos el discurso de confrontación de Netanyahu, con lo que -paradójica y perversamente- lo convierten en un “moderado” por comparación.

Los votantes israelíes tienen frente a sí una oportunidad que tal vez no se repita pronto de romper con un status quo que le ha generado mayores tensiones, criticas y aislamiento internacional a su país, amen de los costos evidentes y ocultos de la corrupción, la manipulación política del aparato de justicia y el estancamiento de la vida pública.

Para lograrlo, tendrían que salirse de la red retórica en que hábilmente ha envuelto Netanyahu a sus conciudadanos. Si a la hora de votar dejan de pensar en premiar o castigar a Bibi y se concentran en pensar en el futuro de su país en el mediano y largo plazo, podríamos ver una sorpresa. De otra manera, Israel seguirá atrapado girando en torno a una figura magnética y divisoria, que dedica más tiempo a defenderse a sí mismo que a ver por el porvenir de Israel.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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