HAITI SIN LUZ AL FINAL DEL TUNEL

18 /ENERO/ 2010

Si hay un Estado fallido en el hemisferio occidental, ése es sin duda Haití, la nación más pobre de las Américas, una en la que imperan la miseria y la desesperanza, en la que no existe prácticamente ninguna institución a la cual se pueda voltear en busca de guía, de ancla, de seguridad ni certeza.

Ese párrafo, amables lectores, aplicaba a ese país antes del devastador terremoto que lo ha colocado en el centro de la atención internacional, lugar que ya merecía dado el lastimero estado de su economía y su estructura política y social y el absoluto colapso de toda semblanza de gobernabilidad y de perspectivas a futuro. Tan triste era la situación en Haití, antes de esta última catástrofe, que se le consideraba un caso perdido, un basket case, en el que más de 80% de la población vivía en situación de pobreza y la mitad en pobreza extrema.

Imposible entender lo que sucede hoy en Haití sin conocer un poco de su historia. No siempre comparto la idea de que historia es destino, pero el caso haitiano nos obliga a pensar acerca de lo que pueden combinar naciones, individuos y naturaleza para prácticamente acabar con un país.

La que sería llamada la Isla de Española fue una de las primeras avistadas por Cristóbal Colón y los suyos, marcando sin saberlo el triste destino de los aborígenes, los indios Caribe, que sumaban tal vez un centenar de miles y que fueron exterminados por completo a lo largo del periodo colonial. Territorio francés, éste fue uno de los más ricos y lucrativos de los que París controlaba en América, conquistado gracias a la ayuda de filibusteros y sometido hasta que a finales del siglo XVII una revuelta de esclavos de origen africano dio lugar a la que resultaría ser la primera y única revolución exitosa encabezada por esclavos y que daría pie a la primera república negra del mundo. Fue ahí donde nació, en 1804, Haití.

Durante poco más de un siglo la nueva nación vivió sumida en el caos y la inestabilidad, con emperadores fallidos, guerras civiles, divisiones y disputas internas que aseguraban corta e ineficaz vida a cualquier gobierno, con profundas y amargas fricciones raciales que marcaban una frontera infranqueable entre blancos, negros y mulatos, estos últimos dominantes. Los caudillos, las asonadas y las divisiones recuerdan la historia de muchas otras naciones americanas, sólo que acendradas por la ausencia de un sólido edificio social, pues a diferencia de españoles y portugueses los franceses no formaron futuras naciones, sólo explotaron en este caso un enclave de esclavos traídos ex profeso desde África.

Sin saberlo ni quererlo Haití tuvo a un “hermano mayor” preocupado por lo que ahí acontecía porque veía que la isla resultaba de importancia estratégica en sus disputas globales. Fue por eso que EU apoyó desde un inicio la gesta independentista, pues no deseaba una presencia francesa fuerte en el Caribe, y por lo que 110 años después, inquieto por la posibilidad de que Alemania —su enemigo en la Primera Guerra Mundial— se aprovechara de la inestabilidad que reinaba en Haití, decidió invadir en 1915. Las razones estadounidenses pronto cambiaron, no así sus pretextos, y los “marines” permanecieron hasta 1934, si bien el control estadounidense sobre la hacienda haitiana continuó hasta 1947. Así como la independencia no trajo grandes beneficios, la retirada estadounidense y la segunda liberación resultaron en una creciente ingobernabilidad que llegó a su fin con el arribo al poder de un personaje que simboliza como pocos la tragedia permanente que es ese país. François Duvalier, mejor conocido como Papa Doc, ganó las elecciones presidenciales en 1957 y se convirtió en dictador vitalicio, basando su control y su poder en la temible policía secreta que con el siniestro apodo de Tontón macoutes sembraba el terror por doquier. A la muerte de Papa Doc tomó el poder su hijo Jean Claude, de apenas 19 años de edad. Baby Doc optó por seguir sus pasos, hasta que una rebelión popular lo expulsó del país en 1986.

De nuevo, golpes y contragolpes seguían a cada vano intento democrático, hasta que un hombre respetado, Jean Claude Aristide, ganó las elecciones en 1990, sólo para ser derrocado por los militares unos meses después. Ahora sí la comunidad internacional intervino y logró, con embargos comerciales y la amenaza de la fuerza militar, que Aristide regresara al poder en 1994. Todo para nada: años más tarde, habiendo sido reelecto en medio de irregularidades, Aristide (a quien algunos veían como el Gandhi haitiano) tomó la misma ruta de sus antecesores y huyó de la ira popular en el 2004.

A partir de entonces el gobierno de Haití, ahora encabezado por el presidente René Preval, ha dependido de la ONU para poder mantener al menos la apariencia del control sobre una nación empobrecida, desesperanzada, construida —como sus edificios— sobre pilares de arena. No es ésta, ni con mucho, la primera catástrofe natural que azota a Haití, pero sin duda es la peor. La comunidad internacional se ha volcado para apoyar, pero más importante que las vidas que se puedan rescatar en las operaciones de rescate o las que se puedan salvar gracias a la ayuda de emergencia, lo que verdaderamente contará es lo que se haga para reconstruir a este país desde sus cimientos. Cualquier otra cosa será como una aspirina para este enfermo que necesita salir, de una vez por todas, de terapia intensiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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