EL VIETNAM DE OBAMA

8 /FEBRERO/ 2010

La filtración de decenas de miles de documentos secretos sobre la guerra en Afganistán, además de recordarnos el célebre caso de los “papeles del Pentágono” durante la Guerra de Vietnam, ha colocado al gobierno de Barack Obama a la defensiva en términos políticos y diplomáticos, pero sobre todo ha puesto de manifiesto la imposibilidad de ganar una guerra de cuyos alcances y objetivos nadie tiene certeza plena.

No pocos han comparado a Obama con John F. Kennedy, por el carisma de ambos y por haber roto en su momento con barreras que parecían inamovibles. Kennedy el primer católico en llegar a la Casa Blanca, Obama el primer afro-americano en hacerlo. Ambos más apreciados fuera que dentro de su país, y teniendo que sortear conflictos internacionales con la capacidad de transformar al mundo.
Kennedy parecía tener menos profundidad —gravitas, le llaman algunos— que la que tiene Obama, juicio imposible de corroborar pues la muerte prematura del primero no permite ahondar demasiado en sus capacidades de estadista, más allá de su manejo de la crisis de los misiles en Cuba, que muy cerca estuvo de desembocar en una guerra nuclear, y de su entrada un tanto involuntaria a la guerra que marcaría a toda una generación de estadounidenses y que se convertiría en el símbolo del “americano feo” (el “Ugly American” de la película del mismo nombre en la que Marlon Brando destacó como un gran actor), la Guerra de Vietnam.

Frente a recomendaciones totalmente opuestas de sus consejeros, Kennedy optó por una solución intermedia que a la larga terminaría siendo la peor: una continuación y escalamiento de las políticas de su antecesor Eisenhower, que permitió el involucramiento militar directo de EEUU en un conflicto del que a duras penas pudo salir, bastante mal librado por cierto, casi quince años después, y cuyas secuelas marcarían durante mucho tiempo más a la política interna y exterior de Estados Unidos.

Algo mucho peor le sucedió a Obama, pues se encontró al llegar a la presidencia con dos guerras en curso, ambas iniciadas por su antecesor y ambas terriblemente complicadas, tanto por las circunstancias particulares del adversario y del país en que se desarrollaban como por el origen y justificación (o falta de justificación) de cada una: Afganistán e Irak.

El primer caso era por mucho el más simple: de ahí había salido la orden, el entrenamiento y el financiamiento para los ataques del 11 de septiembre del 2001; Osama bin Laden y Al Qaeda tenían si no el control cuando menos una influencia significativa sobre el gobierno; y finalmente el Talibán/gobierno, encabezado por fundamentalistas retrógradas, era un candidato idóneo para la condena internacional. Desde el maltrato cotidiano a las mujeres hasta la aberrante destrucción de dos majestuosas e históricas estatuas de Buda en Bamiyan, lo menos malo que se podía decir del Talibán es que sus dirigentes vivían en el siglo XVI.

Nadie en Occidente guardaba simpatía alguna por ese régimen y ni siquiera en el mundo musulmán se escuchaban muchas voces que lo defendieran, menos aun después de los actos terroristas perpetrados por Al Qaeda en suelo estadounidense. La rápida intervención militar de EEUU y sus aliados para derrocar al Talibán contó con un apoyo casi unánime en el mundo, hasta que George W. Bush y los suyos decidieron que había presas más apetitosas, y premios mayores, en Irak. No me extiendo en una historia ya bien conocida más que para anotar que al invadir Irak el gobierno estadounidense descuidó la operación y la estrategia en el frente afgano, porque no contaba con los recursos militares para pelear esas dos guerras al mismo tiempo.

Hoy Barack Obama ha logrado zafarse prácticamente de Irak de manera razonablemente decorosa dadas las condiciones, pero está empantanado en Afganistán, donde ni su estrategia de aumentar radicalmente el número de efectivos ni los intentos para estabilizar al país han dado resultados, además del costo político en Estados Unidos, cuya opinión pública siente que están perdiendo y que no tienen nada que hacer ahí. Curiosamente, la táctica que más promete en estos momentos es la del asesinato selectivo de dirigentes de la insurgencia talibana, que podría tal vez llevarlos a la mesa de negociaciones, convirtiendo así su derrota aplastante de hace nueve años en una victoria relativa.
Tanto tiempo, tantas vidas, tanta destrucción, para llegar a esto. Como decimos en México, para que tanto brinco, estando el suelo tan parejo…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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