EL ENEMIGO

Agosto 30, 2017

Los desastres naturales, las guerras, las plagas, suelen sacar, frente a lo peor que la naturaleza o el hombre tienen a su alcance, lo mejor de las personas y de las sociedades que las sufren.
No es casualidad que algunos de los mejores momentos de nuestra historia estén asociados a grandes dificultades, ni tampoco lo es que grandes naciones lo sean no a pesar de las desgracias, sino debido a su capacidad, a su entereza y la de sus líderes, para sobreponerse a ellas.


Lo mismo podríamos decir de las personas. Puede ser un lugar común que lo que no nos mata nos hace más fuertes, y hay numerosos clichés por el estilo, pero no tengo duda de que la adversidad nos da una madurez y una humildad sin las cuales es muy difícil, si no es que imposible, alcanzar la grandeza.


En distintos momentos, a los dirigentes y mandatarios les toca una situación que los pone a prueba al tiempo que lo hace con su nación entera. De nuevo abundan los ejemplos y los resultados para bien o para mal. Desde las glorias del Churchill de la Guerra Mundial hasta las penurias del mismo en la posguerra, pasando por los altibajos de George W. Bush u Obama, por no hacer recuento de los mexicanos, podríamos llenar volumenes con anécdotas e historías de como su peor momento se convirtió en el mejor, o viceversa.
Hace unos días al presidente de EE UU se le presentaron dos acontecimientos definitorios, decisivos para forjar su presente y su futuro en la Casa Blanca.


El primero era de  tan obvia solución que resulta un enigma comprender las múltiples y contradictorias reacciones del señor Trump: la irrupción en las calles de manifestantes ataviados con uniformes y parafernalia nacional-socialista y del Ku Klux Klan era LA gran oportunidad para callar de una vez por todas las múltiples versiones acerca de las simpatías político ideológicas del presidente y de algunos de sus más cercanos asesores.
Para infortunio propio, de su gobierno y de su país, Donald Trump no fue capaz de deslindarse convincentemente de los villanos más obvios, más dignos de oprobio y condena públicos y privados. Para empeorar las cosas, un mítin convocado para zanjar el asunto se convirtió en un festín de idio, insultos y prejuicios del presidente.


Días después, el destino le colocó frente a sí una segunda oportunidad: uno de los huracanes más poderosos en golpear a los estadounidenses en tiempos modernos, con amplio aviso previo, era perfecta oportunidad para convocar a la unidad, a la reconciliación, al perdón. Con solo concentrarse en la atención a los afectados y en un discurso conciliador, Trump pudo haberle dado la vuelta al ferrocarril sin frenos que actualmente conduce.


Pero no, el presidente fue incapaz de concentrarse en solo ese tema, y buscó cobijarse en él para seguir espetando actos ofensivos y divisorios. En vez de unión, el Sherif Arpaio. En vez de reconciliación, su odiosa demagogia, su maniqueísmo, sus prejuicios y resentimientos exhibidos al mundo entero.
Donald Trump llegó a la presidencia azuzando a los votantes contra quien se pudiera, buscando e inventando enemigos imaginarios.


Hoy, es tiempo de que los estadounidenses se den cuenta de que el verdadero enemigo está dentro de la Casa Blanca. Mientras siga ahí, su país no conocerá la concordia.
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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