DE NOBELES Y NOVATOS

23 /Nov/ 2011

No hace falta ser un laureado en economía para darse cuenta de que hace mucho tiempo el modelo mexicano dejó de funcionar y que pasó de ser motivo de admiración y envidia, como lo fue en los años 50 y 60, a ser generador de controversia y malestar.
Las recientes declaraciones del Nobel de Economía Joseph Stiglitz, provocaron una pequeña tormenta por sus críticas a la conducción mexicana frente a la crisis global. Dos secretarios de Estado respondieron a las afirmaciones de Stiglitz y dieron la impresión de descalificar no sólo sus afirmaciones, sino sus conocimientos y experiencia.

El secretario de Hacienda fue quien más se explayó en su réplica y lo hizo aduciendo ignorancia del estadounidense acerca del impacto en la economía mexicana por la caída de la producción petrolera, lo cual si bien es posible resulta poco probable en un hombre como Stiglitz. El secretario de Desarrollo Social se limitó a sugerirle “leer un poquito más” del caso mexicano, como si esa lectura no pudiera hacer su crítica aún más demoledora.

Las declaraciones de Stiglitz no fueron de un desconocedor ni producto de una improvisación. Se dieron después de dictar una conferencia por lo que difícilmente imagino en él falta de conocimiento o de preparación. Su alusión dolió, pues nos comparó con Australia y Brasil, el segundo, harto cercano, recordatorio frecuente de nuestro pobre desempeño en numerosos campos, que no sólo en el económico. Dolió que afirmara que México tuvo una de las peores respuestas ante la crisis; que el programa de estímulo ha sido relativamente débil y que la política fiscal no ha sido la adecuada. La inversión, según él, debe darse no sólo en infraestructura sino en educación y tecnología; y que la estrategia de recuperación no puede consistir en esperar a que se reactive la economía de EU.

Eso suena a sentido común y viene de alguien que además de una formación académica ilustre cuenta con experiencia en la administración pública, donde dirigió el Consejo de Asesores Económicos del presidente Clinton, a más de su paso por el Banco Mundial, desde donde fue un feroz crítico del Fondo Monetario Internacional y sus “recetas” para países en desarrollo.

No es el primer premio Nobel de Economía que se refiere críticamente a la reacción del gobierno mexicano frente a la crisis. Lo hicieron recientemente sus colegas Robert Engle (galardonado en el 2003) y James Heckman (en el 2000), a propósito de las alzas de impuestos y de la rigidez de la economía mexicana, ahogada por los sindicatos y la mala calidad educativa. ¿No le bastan las opiniones de tres Nobeles, caro lector? Un cuarto, Eric Maskin (del 2007) opina que: “El análisis estándar dice que en tiempos de recesión los impuestos deben de bajar, y a veces significa que los presupuestos caen en déficit, porque el gobierno… de hecho tiene que incrementar sus gastos dentro de una recesión”.

Esta auténtica conspiración nobelaria o nobelística (sic) parece dirigida a desprestigiar a nuestra insigne patria, y a sus no menos insignes gobernantes, pero si analizamos con un poco de mayor detenimiento las declaraciones de los cuatro confabulados nos daremos cuenta de que todos señalan errores y carencias que todos intuimos o conocemos y que no son nuevos.

La política fiscal mexicana ha estado tradicionalmente orientada a financiar el gasto gubernamental, más que a estimular el crecimiento económico. Era así en los viejos tiempos del partido dominante, y justo cuando pensamos que las cosas no podrían empeorar, lo hicieron. Las antiguas misceláneas fiscales del presidente o secretario de Hacienda en turno fueron reemplazadas por las misceláneas modernas, en que diputados, senadores y gobernadores meten las manos en temas que no conocen pero sí dominan.

La falta de inversión en sectores clave, como educación, investigación, ciencia y tecnología, se ve agravada por los lamentables réditos que dan los pesos dedicados a esos rubros. No hay índice internacional en el que salgamos bien parados, y en cambio numerosos ejemplos del dispendio y desperdicio en el gasto.

La dependencia excesiva de los ingresos petroleros tampoco es noticia nueva. Sucesivos gobiernos se han negado a reconocer lo evidente: por un lado, Pemex requiere una menor carga fiscal para poder invertir y ser más eficiente y redituable. Por el otro, el gobierno tiene que buscar otras fuentes de ingreso, que no sean sólo las petroleras o las de los causantes cautivos. Un gobierno que no sabe cobrar impuestos más que a una minoría sólo logra desincentivar la inversión y la creación de empleos, además de que promueve —tal vez involuntariamente— la evasión fiscal de pequeños y grandes causantes.

En lo que respecta a la vinculación con la economía estadounidense hay factores ineludibles que no son fáciles de transformar o de esquivar, pero aun así se podría avanzar en la diversificación de nuestros mercados internacionales. Y de la simplificación administrativa y fiscal, no hay para qué hablar. Años de discurso, y las mismas trabas y dificultades de siempre. Todo eso es a lo que se han referido los cuatro premios Nobel de Economía en su complot, y vaya que si les ha llovido.

Yo no cuento con galardones ni medallas comparables. A mí me pueden ignorar, como a millones de mexicanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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