DESPISTADOS

Octubre 31, 2018

Vivo en un país, queridos lectores, en el que todos somos expertos en algo. No importa en qué, ni importa cómo hayamos adquirido nuestros conocimientos, lo único relevante es que todos sabemos más que el promedio de los mortales acerca de lo que sea que deseemos.
 
Nos subimos al automóvil, al transporte público o la bici, y ya somos los más conocedores de diseño y trazado de rutas, de manejos de flujos vehiculares, de cuales son los límites de velocidad que deben aplicar.
 
Abrimos un periódico o prendemos un noticiero en radio o TV, y no solo adquirimos instantáneamente conocimientos superiores a la media acerca del tema que se trate en ese momento, sino también acerca de la dinámica de los medios de comunicación en México y el mundo.
 
¿Fútbol? ¿Americano? ¿Beis? Si en usted o en mí estuviera, México hubiese jugado el quinto partido en el Mundial, los Dodgers serían campeones y los Browns de Cleveland líderes de su grupo. Nadie nos pregunta, claro, pero de que sabemos, sabemos.
 
 Pero ahora sí nos hemos revelado, apreciados lectores. En días recientes alcanzamos un estadio superior del conocimiento, en que derrumbamos todos los misterios de la aeronáutica civil, la infraestructura aeroportuaria, la conectividad, los ejes de desarrollo, los factores que determinan los flujos de turismo, de inversión extranjera y, por supuesto, también de los factores determinantes de la macroeconomía. ¿Tipo de cambio? ¿Capitalización de mercado? ¿Crecimiento del PIB? Vengan a mi, porque ya no me guardan secreto alguno.
 
Es normal y comprensible que cada quien tenga sus opiniones al respecto de cualquier cosa. Yo aplaudo que la ciudadanía se interese por su entorno, que lea, se informe, participe, cuestione. Sin ese espíritu inquisitivo y curioso la democracia no florece ni se propaga, se queda como planta de maceta.
 
El problema está en que cuando llevamos nuestras filias y fobias preexistentes a la discusión de otros asuntos, perdemos la perspectiva y por supuesto también la objetividad. Si hiciéramos un breve recuento de las contradicciones y gazapos en que han incurrido no solo nuestros amigos, parientes y vecinos, sino también muchas de las mentes más informadas (iba yo a decir brillantes) del país, no nos alcanzaría el tiempo.
 
Propongo por ello un pequeño ejercicio de esos que nuestro maestra o maestro de lógica nos hubiera dejado en la escuela:
 
1-    ¿Revisaste la fuente? ¿Te cercioraste de que es seria, confiable e imparcial?
2-    ¿Hiciste tus sumas y restas? ¿Cuadran las cifras? ¿Se siguen los argumentos?
3-    ¿Contrastaste la información con otras fuentes? ¿Se trata de opiniones o de datos duros?
4-    ¿Buscaste puntos de vista contrarios? ¿Los consideraste o los descartaste de antemano?
5-    ¿Aguantan tus convicciones el escrutinio a que sometes a las de los demás?
6-    Finalmente ¿estás seguro de que no estás solamente buscando argumentos y cifras que confirmen tus ideas previas?
 
La consulta sobre el aeropuerto nos colocó de regreso en el ánimo que privaba en México previo a la elección presidencial. Descalificaciones, fake news, enojo, encono y sobre todo el deseo irrefrenable de anotarse puntos a costa de los demás, sin importar mucho el costo para el país.
 
No voy a argumentar aquí a favor o en contra de una u otra opción, por dos sencillas razones: la primera, es que ya estarán ustedes hastiados de escuchar por qué la A o la B es lo mejor o lo peor que le pudo pasar a México, a las futuras generaciones, al planeta Tierra y a nuestra galaxia.
 
La segunda, porque yo creo que mucho más importante que una decisión específica sobre un asunto u otro, lo trascendente es que decidamos lo que queremos hacer con nuestro país de ahora en adelante.
 
Ya terminó el proceso electoral del 2018. Tendremos oportunidad de ejercer contrapesos o aumentar apoyos en las intermedias de 2021 y de definir nuevos rumbos en 2024. Pero si nos vamos por la vía de las mentiras, del catastrofismo artificial, de la retórica ofensiva, van a ser seis muy largos años.
 
Y ese mensaje, mis estimados, va para todos, del color, sabor o gusto que sean. No se hagan los despistados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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