El 2 de Julio

Jueves 18 abril, 2018

 

Los mexicanos están inundados por las campañas y las

expectativas del día de las elecciones. Que si la encuesta

tal o cual dice tal cosa, que si el sondeo fulano señala otra,

que si las mediciones son confiables o no, si están cuchareadas,

si la bruja zutana o el espíritu del pulpo adivino ya saben quien

va a ganar…
 
La sobrecarga continúa, ya sea en la forma de spots, entrevistas o de mensajes y comunicaciones “fake”. Hasta aquellas que son verídicas se vuelven cuestionables por el uso e interpretaciones que se les da.
 
Partidos, candidatos y voceros abonan a este clima de escepticismo y desconfianza que aleja a la ciudadanía cada vez más de los procesos electorales. Con frecuencia alarmante escuchamos afirmaciones agresivas y ofensivas, calumnias descaradas o mentirillas encubiertas, y cada quien a su modo le añade un poco de su cosecha.
 
Nada de malo en que los medios y los opinadores tengan sus preferencias o simpatías (así sucede en todo el mundo), pero ahora las campañas acribillan a los mensajeros: si el periódico X publica una noticia que me desfavorece es que está vendido; si el analista Z no opina a mi gusto es un sectario. Quien se expresa críticamente es descalificado, ninguneado y -en redes sociales- sujeto de la ira falsificada de los bots y de las granjas de troles que distorsionan todo reflejo que las redes pudieran tener de la realidad.
 
A fuerza de tanta mentira y agresión la gente va dejando de creer en los políticos y los partidos. Durante los años del PRI hegemónico vivimos en la mentira de la democracia y después no fuimos capaces de superar el cinismo que como sociedad cultivamos por tanto tiempo. Ni la real competencia electoral ni la alternancia bastaron para que un sector muy amplio de los mexicanos aprendiera a confiar en la validez del voto y de las elecciones como mecanismo para zanjar diferencias cada tres o seis años. Por el contrario, esta proclividad de culpar de todo siempre al arbitro y al “sistema” nos ha convertido en unos cínicos.
 
Al salpicar parejo con el lodo de las denuncias de fraude y maquinaciones, de medios vendidos o subordinados, lo hemos desvirtuado todo. Ni el Instituto Nacional Electoral ni el Tribunal Electoral de la Federación gozan de prestigio y credibilidad, dañados de origen como lo están por un proceso de selección de consejeros y magistrados que obedece a cuotas y consignas de partidos y no a un amplio consenso de las fuerzas políticas. Le damos chance a tu compadre para que también llegue el nuestro, pero el día en que no estemos de acuerdo acusaremos a “tú” consejero o juez de ser parcial.
 
Enfrentamos otro riesgo de enormes dimensiones: la polarización y la división social. La carga de maniqueísmo acumulada nos lleva a ya no solo denostar a partidos o candidatos, sino también a sus simpatizantes. Lo vemos muy marcadamente en redes sociales, pero cada vez más en las interacciones sociales, familiares, personales.
 
Independientemente de quien gane y quienes pierdan la presidencia, nuestra vida cotidiana va a seguir, nuestros familiares y amigos ahí van a estar, al igual que nuestros compañeros de trabajo, nuestros “seguidores” y “amigos” en las redes. Y se acordarán de cuantas veces dijimos o escribimos algo ofensivo, de cuantas veces les faltamos al respeto, a veces sin siquiera darnos cuenta, cuando con generalizaciones y etiquetas despreciamos a todo un partido, un movimiento político y/o a sus seguidores.
 
Cuidado, porque ya de por sí el dos de julio las instituciones y los liderazgos políticos y sociales de nuestro país van a estar a prueba. No hagamos que nuestras familias, nuestros amigos, nuestros afectos se vean sujetos a lo mismo.
 
Un poquito de respeto, que nada nos cuesta, sobre todo porque el horno no está para bollos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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