¿Una nueva política exterior?

Enero 9, 2019

 

Escribo estas líneas, queridos lectores, mientras se lleva a

cabo en la Cancillería una edición más de la anual Reunión

de Embajadores y Cónsules (REC), ejercicio inaugurado

formalmente por mi muy respetado Fernando Solana y que se

ha convertido no solo en tradición sino en muy saludable práctica de comunicación intergubernamental. Saludo desde este espacio a muchos amigos, maestros, referentes y antiguos colegas de la diplomacia mexicana.


Coincide la REC con el reciente cambio de gobierno y de rumbo político nacional, pero también con dos fenómenos externos que le atañen: la cada vez más intolerable situación que vive Venezuela bajo la presidencia de Nicolás Madura y la creciente beligerancia de Donald Trump en su ya casi enfermiza obsesión por construir un “muro” en la frontera entre México y los Estados Unidos.

En el caso de Venezuela, se generó un gran revuelo mediático cuando el gobierno mexicano decidió no sumarse al llamado del Grupo de Lima para no reconocer la legitimidad del nuevo mandato de Nicolás Maduro, que dará inicio este 10 de enero, por ser resultado de un proceso electoral viciado. El Grupo de Lima no se limitó al no reconocimiento, sino que añadió una serie de exigencias y planteamientos que equivalen a la marginación y/o exclusión de Venezuela del entorno político y diplomático latinoamericano.

Poco tardaron las criticas y defensas a la postura mexicana, centradas en argumentos razonables algunos, emocionales otros, y en verdades o interpretaciones a medias de lo que implican tanto la tradición diplomática mexicana como el mejor interés nacional como la muy llevada y traída (y poco entendida) Doctrina Estrada, que alude a la no intervención en los asuntos internos de otros países.

Ante el alboroto retórico, valgan algunas precisiones: la Doctrina Estrada, enunciada en 1930 por Genaro Estrada, entonces Canciller del presidente Pascual Ortiz Rubio, se dirigía fundamentalmente al concepto del reconocimiento o no de la legitimidad de gobiernos extranjeros y al respeto a su soberanía, manifestada en el principio de no intervención. No era una ocurrencia y su posterior adopción por sucesivos gobiernos muestra que tampoco era solo de coyuntura: si bien el gran tema en los ‘30s era la manera en que EEUU y las potencias europeas usaban el “reconocimiento” como una herramienta de presión (o de chantaje) frente a naciones más débiles. Con el paso de las décadas y el surgimiento del mundo bipolar primero y unipolar ahora, la defensa del derecho internacional y de la no intervención demostraron su utilidad como instrumento de protección para países que, como México, no son potencias militares.

Sirve también a otro propósito: al no sumarse al bloqueo y exclusión de Cuba, México pudo mantener canales de comunicación e interlocución con un gobierno que sobrevivió a todos los intentos estadounidenses por aislarlo y derrocarlo. Las sanciones mostraron su absoluta ineficacia y junto con el aislamiento solo reforzaron la postura de los más duros en La Habana y agravaron las dificultades y carencias del pueblo cubano, dando de paso pretexto al régimen para justificar sus propias y muy graves fallas.

El Grupo de Lima ha adoptado una posición rígida e inflexible frente al gobierno de Venezuela que en nada ayuda a resolver la gravísima situación que se vive en ese país, pero que sí le da escaparate de lucimiento a políticos que así se ponen la capa de libertarios y defensores de la democracia. El régimen de Maduro es indefendible, sí, pero su aislamiento solo hace que se atrinchere más y así agrava la crisis.

El tono de Trump y su manía por el muro no son nada nuevo, solo sorprende la intensificación que ha llevado ya al cierre parcial del gobierno estadounidense. Lo único digno de resaltar es tal vez el cuidado (si así se le puede llamar) que tuvo Trump para con el gobierno de México, al que no hizo blanco de sus diatribas, como tantas veces en el pasado.

Grandes retos enfrenta la nueva administración mexicana y uno de ellos, principalísimo, es el de la política exterior. Apegarse a las líneas tradicional de su diplomacia le servirá más que los intentos arrebatados que vivimos durante el sexenio de Fox o al animo por congraciarse con Washington que marcó los dos últimos años del de Peña.

Pero eso no será suficiente. Ante un mundo cambiante y hostil y frente a la propia transformación interna, la diplomacia mexicana necesita reinventarse. Enorme tarea por delante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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