LA MUERTE DE UN DICTADOR

20 /Mayo/ 2013

Volaba yo hacia buenos Aires cuando se dio la noticia:
Jorge Rafael Videla, el teniente general que encabezó el golpe de Estado que derrocó en 1976 al inepto pero democráticamente electo gobierno de Isabel Martínez (viuda de Perón), falleció en la cárcel en que purgaba una condena vitalicia por crímenes de lesa humanidad.

Como pocas, incluso para una región acostumbrada a la barbarie de la represión de los gobiernos dictatoriales, la junta militar que descabezó a la sociedad y la economía argentinas fue cruel, sistemática y metódica en su guerra contra los grupos subversivos que después extendió a todos aquellos que fueran opositores al régimen. Decenas de miles de muertos, desaparecidos, torturados, vejados, exiliados. La lista de horrores es larga, interminable, y el daño causado a la nación, a la sociedad, a las familias, es incalculable.

Videla no actuó solo, por supuesto. Contó con la activa participación de militares de alto rango que le acompañaron en la conspiración del golpe primero y en la “guerra sucia” después, y con la obediente sumisión de las fuerzas armadas argentinas. Tuvo también el aliento u apoyo de sectores importantes del empresariado, y la imprescindible complicidad del silencio e indiferencia de buena parte de la jerarquía eclesiástica u de sectores de la sociedad que, hartos de las torpezas e ineficacias del gobierno de Isabelita, creían que la salida a los problemas de Argentina se encontraban en la mano dura y orden militares.

Qué equivocados estaban. Con Videla y su autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional comenzó una larga noche para los argentinos, marcada no sólo por la represión masiva, sino también por la ruina económica y el resquebrajamiento de una de las sociedades más ilustradas y avanzadas de América Latina. Durante cinco años Videla fue el rostro visible de una dictadura brutal que buscó activamente mejorar su imagen en el exterior, sin demasiado éxito. Cedió el poder a otro militar que a su vez hizo lo propio. El desastre de las Malvinas facilitó el retorno a la democracia, pues era ya insostenible el gobierno miltar, en bancarrota moral, política, militar y financiera. Cuando finalmente se hizo de día en Argentina con la elección y llegada al poder de Raúl Alfonsín en 1985, varios de los criminales de la junta enfrentaron a la justicia y perdieron.

Poco les duró el castigo, pues el sucesor de Alfonsín, el extravagante Carlos Saúl Menem decidió otorgarles un perdón que provocó un escándalo mayúsculo y enfrentó de nuevo a la sociedad argentina con los fantasmas de la impunidad y el olvido. Sin embargo, la perseverancia de las familias de las víctimas y de sus abogados, así como de agrupaciones de defensa de los derechos humanos permitió que muchos de ellos, entre los cuales destacaba Videla, se volvieran a topar con la justicia. Con las argucias legales necesarias para darle la vuelta al indulto menenista, los abogados le dieron un gran triunfo a la causa de la justicia y la memoria.

Es difícil, si no es que imposible, saber si hay castigo que corresponda a quien comete, pero sobre todo a quien ordena, organiza o encabeza, delitos como los de Videla. Poca alegría encontrarán las víctimas o sus familiares en el deceso del verdugo, pero al menos la tranquilidad de saber que no pudo evadir, ni en los años finales de su vida ni en su muerte, las consecuencias de sus actos.

Eso es lo más cercano a la justicia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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