ISRAEL ENTRE EL PANTANO Y EL HORIZONTE

Abril, 10, 2018

Escribo estas líneas, queridos lectores, antes de conocer los conteos oficiales y finales de la jornada electoral de este martes, pero ya con una idea aproximada de cómo votaron los ciudadanos israelíes. Todo indica que ni el derechista Likud del Primer Ministro Netanyahu ni el centrista y moderado Azul y Blanco de su retador Benny Gantz alcanzaron una victoria definitiva.

Los analistas en Israel hablan de un virtual empate entre ambos en su porcentaje de votos y en la mucho más importante asignación de escaños en la Knesset, o parlamento. Y lo que eso significa, en términos llanos, es que ahora Netanyahu y Gantz se darán a la tarea de negociar, jalar, empujar y presionar a posibles aliados que les permitan conformar una mayoría legislativa.

El sistema electoral israelí no facilita la creación de coaliciones estables y duraderas: La Knesset cuenta con solamente 120 escaños, mismos que se reparten de manera proporcional entre todos los partidos que logran rebasar el umbral de votos requeridos, que es de 3.25% de la votación. Los votos de los partidos que no alcanzan el porcentaje mínimo son descartados, lo cual promueve la sobre-representación de los otros pequeños que sí lo logran. Hay unos cuarenta partidos que compitieron en estas elecciones.

El sistema favorece excesivamente a los partidos pequeños y marginales, que ya sea con una agenda religiosa, ideológica extrema (de derecha o izquierda) o étnica se vuelven literalmente fieles de la balanza y pueden obtener grandes concesiones de parte de quien aspira a gobernar. Ha sido el caso de los partidos más religiosos o aquellos que representan clientelas muy específicas, como los colonos judíos en Cisjordania, lo cual ha hecho virtualmente imposible frenar o revertir los asentamientos en los territorios ocupados, obstáculo central para cualquier intento de solución al conflicto con los palestinos.

A lo largo de su gestión, Netanyahu se ha aliado precisamente con los grupos más religiosos, nacionalistas y radicales de derecha, con las consecuencias ya conocidas para el casi difunto proceso de paz. Pero algo fundamental se alteró a ultimas fechas, ya que Donald Trump ha dado un giro de 180º a la postura estadounidense en el conflicto, con lo cual Netanyahu se pudo presentar ante el electorado como el campeón de las grandes causas de Israel: el reconocimiento de Jerusalén como su capital, la aceptación estadounidense de la anexión de las Alturas del Golán y esta misma semana la designación por parte de Washington de las Guardias Revolucionarias de Irán como una organización terrorista. El apoyo de Trump a su amigo no podía ser más obvio ni más burdo.

Netanyahu necesita toda la ayuda, porque pesa además sobre él la nube de una serie de acusaciones por corrupción que bien podrían resultar en acusaciones formales aunque se renueve su mandato. Ese es un factor que pesará en su contra en el proceso de negociaciones para formar gobierno, pues no faltará quien tenga dudas acerca de jugársela de la mano de un hombre que tal vez termine destituido. Nada de eso es seguro, pero Benny Gantz y los suyos tratarán de aprovechar al máximo esa incertidumbre para llevar agua a su molino.

Las diferencias entre Gantz y Netanyahu son mínimas en cuanto a política exterior y de seguridad se refiere, pero mayores en lo que a romper con el anquilosado e ineficiente sistema político. Los resultados económicos de Netanyahu son envidiables, su postura intransigente frente a los palestinos compartida por la gran mayoría, lo cual hace aun más notable que esté hoy luchando por su supervivencia política y jurídica.

Netanyahu representa un cuarto de siglo de confrontación, polarización, de pintar todo de blanco y negro, de acusar a sus rivales de ser enemigos de Israel, y eso al final siempre termina por dividir a la sociedad, distraerla del porvenir.

Israel necesita dar un salto hacia delante. Benny Gantz podría ayudar a quitarle lastres que se lo faciliten, Netanyahu lo anclaría a su presente, a sus divisiones y rencillas.

Esa es la apuesta y ya no está en manos de los votantes, sino de los políticos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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